El filósofo idealista alemán Hegel (1770-1831) cuya influencia aparece hasta el marxismo en su obra Principios de filosofía del derecho dice: “la diferencia entre el hombre y la mujer es la que hay entre el animal y la planta; el animal corresponde más al carácter del hombre, la planta más al de la mujer que está más cercana al tranquilo desarrollo que tiene como principio la unidad indeterminada de la sensación”.
La mujer entonces se identifica con lo más próximo a la naturaleza elemental por lo que simbólicamente el agua y la tierra son femeninos y el mundo de lo sensual va ligado siempre a la mujer. La dualidad naturaleza y cultura lleva al pensamiento de que la mujer está más ligada a la esfera de lo natural que al mundo del pensamiento y la creación que se relaciona siempre con el hombre.
Todo esto lleva a la idea de que la mujer al asociarla con la naturaleza se la piensa como materia susceptible de ser “domesticada” como lo ha sido a través de la historia la propia naturaleza: se ha desviado el curso de los ríos, se han modificado las especies animales, se han allanado montañas.
Los estereotipos culturales que configuran el ser mujer son principalmente naturaleza (agua, tierra, flor), la idea de refugio (el reposo del guerrero), confinamiento en el hogar (el territorio de lo privado es su esfera propia), pasividad, sensualidad, alogicidad, intuición, piedad, etc.
Rosi Braidotti en su libro Disonanze (1994) demuestra que la noción de naturaleza o mejor dicho, la naturaleza misma es una construcción cultural del discurso teórico occidental, por tanto la adecuación de la mujer a la naturaleza la aleja de una manera lógica del orden cultural y simbólico.
Tomar la palabra: aproximación a la poesía escrita por mujeres
Libro de María Cinta Montagut